Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana no lamentó demasiado dejar Avonlea cuando llegó el momento de regresar a la escuela. Los últimos días de sus vacaciones no habían sido placenteros. Su cuento premiado fue publicado en los diarios de la isla, y el señor William Harrison tenía sobre el mostrador un enorme montón de folletos verdes, rosados y amarillos que también contenían el cuento y que repartía entre los parroquianos. Envió varios a Ana, a título de cortesía, y ésta los echó al fuego. Su humillación provenía de sus propios ideales, pues todo Avonlea opinaba que era fantástico que ella hubiese ganado el premio. Algunos amigos la miraban con verdadera admiración y sus pocos enemigos con envidia. Josie Pye dijo que creía que Ana había copiado el cuento; estaba segura de haberlo leído en un diario, hacía años. Los Sloane, que habían descubierto, o que sospechaban las calabazas que le diera a Charlie, opinaron que no les parecía cosa de enorgullecerse, pues cualquiera lo hubiese podido conseguir. La tía Atossa le dijo a Marilla que lamentaba haberse enterado de que se dedicaba a escribir cuentos; que nadie, nacido y criado en Avonlea, se dedicaba a esas cosas; que eso ocurría por adoptar huérfanos que venían de Dios sabe qué lugar y de Dios sabe qué padres. Hasta la señora Lynde dudaba seriamente de que la profesión de literato fuera honesta, aunque la vista del cheque por veinticinco dólares la había reconciliado con tal profesión.