Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Es sorprendente el precio que pagan por tales mentiras, eso es —dijo, mitad severa, mitad orgullosa.
Por todo esto, el momento de partir fue un alivio para Ana. Y era muy divertido estar de regreso en Redmond, convertida ya en una inteligente y experimentada alumna de segundo año, con multitud de amigos a quienes saludar en el alegre primer dÃa de clase. Allà estaban Pris, Stella, Gilbert, Charlie (con unos aires de importancia que no habÃan observado antes sus condiscÃpulos), Phil, todavÃa sin solucionar su problema Alec-Alonzo, y Moody Spurgeon MacPherson, que habÃa estado dedicado a la enseñanza desde que dejara la Academia, pero a quien su madre habÃa convencido de que era hora de dedicar su atención a los estudios para ordenarse de pastor. El muchacho habÃa tenido mala suerte en el comienzo: media docena de implacables estudiantes de segundo, que se hospedaban con él, le afeitaron cierta noche la mitad de la cabeza y el pobre habÃa andado de esa guisa hasta que le crecieron los cabellos. En más de una ocasión confesó a Ana sus dudas sobre su vocación de pastor.