Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Llévalas —dijo, autoritaria—; se conservarán mejor en uso que dentro de un baúl, sirviendo de alimento a las polillas.

Ninguno de estos animalitos se hubiera atrevido a acercarse a ellas; tenían tantas bolas de naftalina que hubo que colgarlas al aire en el huerto durante una semana antes de poder resistirlas en la casa. En verdad, la aristocrática Spofford Avenue rara vez tenía ocasión de observar esas colgaduras. El ceñudo viejo millonario que vivía en la casa vecina anunció su deseo de comprar la manta roja y amarilla con dibujo de tulipanes que Rachel le regalara a Ana. Dijo que su madre solía hacer mantas como ésa y que le haría recordarla. Ana no se la quiso vender, pero le escribió a Rachel sobre el episodio. Esta dama, muy contenta, contestó que tenía otra igual, de manera que el rey del tabaco consiguió su manta y la colocó sobre su cama, con gran disgusto de su elegante esposa.







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