Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Las mantas de la señora Lynde fueron muy útiles durante aquel invierno. «La Casa de Patty», junto con todas sus virtudes, tenía también sus defectos: era bastante fría; y cuando llegaron las noches heladas las chicas estuvieron contentas de poder deslizarse bajo las mantas. Ana ocupaba el cuarto azul que tanto le gustara desde la primera vez. Priscilla y Stella compartían el más grande. Phil estaba contentísima con el suyo, un pequeño cuarto sobre la cocina, y a la tía Jamesina se le había destinado otro cercano a la sala. Rusty durmió al comienzo sobre el umbral.

A los pocos días de su llegada, un día en que regresaba de Redmond, Ana tuvo la impresión de que la gente con quien se cruzaba la miraba con una sonrisa indulgente. La muchacha se preguntó, incómoda, qué ocurriría. ¿Tendría mal colocado el sombrero? ¿Llevaría suelto el cinturón? Al volver la cabeza para investigar, Ana vio a Rusty.

Trotando, a sus talones, estaba la más rara criatura de la especie gatuna que fuera dable contemplar. Era un animal crecido, flaco, descarnado y de aspecto terrible. Le faltaban pedazos en ambas orejas, un ojo estaba temporalmente fuera de uso y una de sus quijadas terriblemente lastimada. En lo que se refiere al color, éste era totalmente imposible de identificar.


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