Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana quiso espantarlo, pero el gato ignoró la sugerencia. Mientras lo observaba, el animal se sentó y la contempló con mirada de reproche; cuando ella reanudó la marcha, él también lo hizo. Ana se resignó a su compañía hasta llegar a la casa, pero, una vez allí, le cerró la puerta en las narices, esperando no tener más noticias suyas. Cuando Phil abrió la puerta, allí estaba el gato todavía. Con toda rapidez entró, saltó al regazo de Ana y lanzó un maullido mitad implorante, mitad triunfante.
—Ana —preguntó Stella severamente—, ¿es tuyo este animal?
—No —protestó aquélla, disgustada—. Esa criatura me ha seguido desde no sé dónde. No he podido deshacerme de él. ¡Fuera! Me gustan mucho los gatos decentes, pero no me agradan las bestias como tú.
El animal se negó a marcharse. Se acurrucó sobre el regazo de Ana con toda tranquilidad y comenzó a ronronear.
—Evidentemente te ha adoptado —rió Priscilla.
—No me gusta que me adopten —protestó Ana, testaruda.
—La pobre criatura se muere de hambre —dijo Phil—. Se le pueden contar las costillas.
—Bien, le daré una buena comida y podrá marcharse por donde vino —dijo nuestra amiga con tono resuelto.