Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Le dieron de comer y lo dejaron fuera. Por la mañana aún estaba allÃ. Y en el umbral quedó, saltando dentro cada vez que abrÃan la puerta. Ninguna frÃa acogida tenÃa efecto sobre él, ni prestaba atención a nadie, fuera de Ana. Las muchachas, apiadadas, lo cuidaron durante una semana, al final de la cual decidieron que algo debÃa hacerse. El aspecto del gato habÃa mejorado.
Su ojo y su quijada habÃan vuelto a su aspecto normal; ya no estaba tan flaco, y le habÃan visto lavarse la cara.
—Pero no podemos quedarnos con él —dijo Stella—; la tÃa Jamesina llegará la semana que viene y traerá consigo a la gata Sarah. No podemos tener dos gatos; y este Rusty pelearÃa todo el tiempo con Sarah. Es luchador por naturaleza. Tuvo una terrible gresca anoche con el gato del rey del tabaco y lo venció.
—Tenemos que deshacernos de él —agregó Ana, mientras miraba sombrÃamente al objeto de la discusión, que ronroneaba sobre la alfombra con aire inocente—. Pero la cuestión es cómo lo haremos. ¿Cómo pueden cuatro indefensas mujeres deshacerse de un gato que no quiere irse?
—PodrÃamos darle cloroformo —sugirió Phil—. Es la forma más humana.
—¿Quién de nosotras sabe algo sobre cloroformar gatos? —preguntó Ana.