Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Yo sé, querida. Es uno de mis pocos, tristemente pocos, conocimientos. En casa acabé con algunos de ese modo. Se le da al gato por la mañana un buen desayuno. Se coge una bolsa de arpillera (hay una en el porche trasero), se mete el gato dentro y luego se pone todo en una caja de madera. Después se coge una botella con dos onzas de cloroformo, se destapa y se pone debajo de la caja. Se apoya algo muy pesado sobre la tapa y se espera hasta la tarde. El gato muere mientras duerme. Sin dolor ni lucha.
—Suena fácil —dijo Ana, dudosa.
—Es fácil. Déjamelo a mà —dijo Phil.
Se buscó el cloroformo y a la mañana siguiente se procedió a la ejecución de Rusty. Éste comió el desayuno, se relamió el hocico y subió al regazo de Ana. El corazón de la muchacha le jugó una mala pasada. El pobre animal la querÃa y confiaba en ella. ¿Cómo podÃa ser cómplice de su muerte?
—Toma, llévatelo —le dijo a Phil—. Me siento como una asesina.
—Ya sabes que no sufrirá —la consoló Phil. Pero Ana ya habÃa huido.
El hecho fatal tuvo lugar en el porche trasero. Nadie se acercó por allà ese dÃa. Pero al atardecer Phil dijo que el gato debÃa ser enterrado.