Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Pris y Stella deben cavar una fosa en el huerto —decretó— y Ana vendrá conmigo a ayudarme a levantar la caja. Ésa es la parte que odio siempre.
Las dos conspiradoras se acercaron de puntillas al porche. Phil alzó cautelosamente la piedra que pusiera sobre la caja. De pronto, débil pero claro, sonó dentro de la caja un inconfundible maullido.
—No… no está muerto —tartamudeó Ana, sentándose sobre los escalones.
—DeberÃa estarlo —contestó Phil, incrédula. Otro maullido probó que no era asÃ. Las dos muchachas se miraron.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Ana.
—¿Por qué no venÃs? —preguntó Stella desde el umbral—. Ya tenemos lista la fosa. ¿Qué pasa? ¿A qué viene este silencio?
¡Oh, no!, las voces de los muertos suenan como un lejano torrente.
Citó Ana, como respuesta, señalando solemnemente la caja. La risa general quebró la tensión.
—Debemos dejarlo aquà hasta mañana —dijo Phil mientras volvÃa a colocar la piedra—. No ha maullado desde hace cinco minutos. Quizá los maullidos eran los de la agonÃa. O tal vez hemos creÃdo escucharlos y sólo eran nuestras conciencias culpables.