Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Pero cuando alzaron la tapa, por la mañana, Rusty saltó alegre al hombro de Ana y comenzó a lamerle la cara afectuosamente. Nunca hubo un gato tan decididamente vivo.
—Hay un agujero en la caja —se quejó Phil—. No lo habÃa visto. Por eso no murió. Bueno, ahora tendremos que hacerlo todo de nuevo.
—No —sentenció Ana, de pronto—. No volveremos a matar a Rusty. Es mi gato y tendréis que aceptarlo.
—Bueno, si te arreglas con tÃa Jamesina y Sarah —dijo Stella, con aire de lavarse las manos.
Desde entonces Rusty fue como de la familia. DormÃa sobre el felpudo del porche y vivÃa de lo que le daban. Para la llegada de la tÃa Jamesina estaba gordo, lustroso y con un aspecto bastante aceptable. Pero, como el gato de Kipling, «andaba solo». Sus garras estaban siempre listas contra todos los gatos y las de todos los gatos en su contra. Uno por uno derrotó a los aristocráticos felinos de Spofford Avenue. En lo que se refiere a Ana, sólo a ella querÃa. Ninguna otra persona se atrevÃa siquiera a acariciarlo, pues recibÃa a quien osaba hacerlo con sonidos que equivalÃan a insultos.
—Son intolerables los aires que se da ese gato —dijo Stella.
—Es un lindo minino —repuso Ana, desafiante, mientras lo acariciaba.