Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Pero cuando alzaron la tapa, por la mañana, Rusty saltó alegre al hombro de Ana y comenzó a lamerle la cara afectuosamente. Nunca hubo un gato tan decididamente vivo.

—Hay un agujero en la caja —se quejó Phil—. No lo había visto. Por eso no murió. Bueno, ahora tendremos que hacerlo todo de nuevo.

—No —sentenció Ana, de pronto—. No volveremos a matar a Rusty. Es mi gato y tendréis que aceptarlo.

—Bueno, si te arreglas con tía Jamesina y Sarah —dijo Stella, con aire de lavarse las manos.

Desde entonces Rusty fue como de la familia. Dormía sobre el felpudo del porche y vivía de lo que le daban. Para la llegada de la tía Jamesina estaba gordo, lustroso y con un aspecto bastante aceptable. Pero, como el gato de Kipling, «andaba solo». Sus garras estaban siempre listas contra todos los gatos y las de todos los gatos en su contra. Uno por uno derrotó a los aristocráticos felinos de Spofford Avenue. En lo que se refiere a Ana, sólo a ella quería. Ninguna otra persona se atrevía siquiera a acariciarlo, pues recibía a quien osaba hacerlo con sonidos que equivalían a insultos.

—Son intolerables los aires que se da ese gato —dijo Stella.

—Es un lindo minino —repuso Ana, desafiante, mientras lo acariciaba.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker