Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Bueno, no sé cómo Saráh y él podrán vivir juntos —comentó Stella, pesimista—. Las peleas de gatos en el huerto son bastante malas, pero aquÃ, en la sala, serán sencillamente intolerables.
La tÃa Jamesina llegó a su debido tiempo. Ana, Priscilla y Phil habÃan esperado su llegada con ciertas reservas, pero cuando llegó y se instaló en la mecedora, frente al fuego, sintieron que la adorarÃan.
La tÃa Jamesina era una viejecita con un rostro suave, pequeño y triangular; sus ojos, grandes y azules, tenÃan el brillo de una inextinguible juventud y parecÃan llenos de esperanzas, como los de las muchachas. TenÃa mejillas sonrosadas y cabellos blancos como la nieve recogidos en un peinado con rizos sobre las orejas.
—Es un peinado a la antigua —dijo, mientras tejÃa algo color de rosa—, pero es que yo soy anticuada Y mis ropas como mis opiniones también lo son. No sostengo que sean mejores por ello. En realidad, creo que son peores. ¡Pero se soportan tan bien! Los zapatos viejos no son tan elegantes como los nuevos, pero resultan mucho más cómodos. Soy suficientemente vieja para darme el gusto con respecto a los zapatos y a las opiniones. Tengo el propósito de pasarlo bien aquÃ. Sé que esperan que las cuide, pero no pienso hacerlo. Son bastante mayores para saber comportarse. De modo que, en lo que me concierne —concluyó con un guiño—, pueden perjudicarse como más les plazca.