Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Oh, ¿hay alguien que separe esos gatos? —rogó Stella, temblando.
La tÃa Jamesina habÃa traÃdo consigo no sólo a la gata Saráh, sino también a Joseph. Éste, explicaba, habÃa pertenecido a una vieja amiga suya que se fuera a vivir a Vancuver.
—Ella no pudo llevárselo y me pidió que lo cuidara. No pude negarme. Es un hermoso gato; es decir, su humor es hermoso. Mi amiga le puso el nombre de Joseph porque tiene la piel de muchos colores.
Y era verdad, Joseph, como decÃa la disgustada Stella, parecÃa lleno de remiendos. Era imposible establecer el color de su piel. TenÃa las patas blancas con manchas negras. Su lomo era gris con un gran manchón amarillo de un lado y negro del otro. La cola era amarilla con la punta gris. TenÃa un ojo negro y otro amarillo, y un parche negro sobre uno de ellos le daba el aspecto de un facineroso. En realidad, era manso, inofensivo y de carácter sociable. A ese respecto, Joseph era como una florecilla. No saltaba, ni corrÃa ni perseguÃa ratones. Y sin embargo, ni Salomón en su gloria habÃa dormido sobre mejores cojines ni gozado de mejores manjares.