Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Joseph y Sarah llegaron por tren en cajones separados. Una vez en libertad, y después de haber comido, Joseph eligió el rincón y el cojín que más le gustaron y Sarah se sentó gravemente ante el fuego y se lavó la cara. Era una gata grande y pulida, de piel gris y blanca, con un aire de gran dignidad no empañado por su origen plebeyo. Había sido entregada a la tía Jamesina por su lavandera.

—La mujer se llamaba Sarah y mi marido le quiso poner el mismo nombre —explicó la tía—. Tiene ocho años y es buena cazadora. No te preocupes, Stella; Sarah nunca pelea y Joseph lo hace raras veces.

—Tendrán que luchar en defensa propia —dijo Stella.

En aquel momento entró Rusty en escena. Brincó alegremente por la habitación antes de reparar en los intrusos. Entonces se detuvo en seco y su cola se erizó. Los pelos de su lomo se transformaron en un arco desafiante; bajó la cabeza, lanzó un horrible grito de odio y se echó sobre Sarah.




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