Ana la de La Isla
Ana la de La Isla El majestuoso animal había dejado de relamerse la cara y lo miraba con curiosidad. Con un despreciativo golpe de su fuerte garra detuvo el ataque. Rusty rodó por la alfombra y se levantó aturdido. ¿Qué clase de gato era aquél? ¿Saltaría otra vez o no? Sarah le volvió la espalda deliberadamente y reanudó su tarea. Rusty decidió no proseguir y desde entonces no volvió a atacar: a partir de aquel día, Sarah rigió la comunidad. Rusty nunca volvió a cruzarse en su camino.
Pero Joseph se alzó y maulló. Rusty, ardiendo por vengarse, saltó sobre él. Joseph, pacífico por naturaleza, sabía sin embargo luchar y podía hacerlo bien. El resultado se tradujo en una serie de batallas diarias entre los dos gatos, que se aprestaban a la lucha en cuanto se veían. Ana tomaba el partido de Rusty y detestaba a Joseph. Stella se desesperaba. Pero la tía Jamesina se limitaba a reír.
—Déjalos que peleen —decía, tolerante—. Dentro de un tiempo serán amigos. Joseph necesita ejercicio; se estaba poniendo muy gordo. Y Rusty tiene que aprender que no es el único gato del mundo.
Finalmente, Joseph y Rusty llegaron a un arreglo: de enemigos jurados pasaron a amigos inseparables. Dormían sobre el mismo cojín, con las garras juntas, y se lamían seriamente la cara uno al otro.