Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Todos nos acostumbramos a los demás —dijo Phil—, y yo he aprendido a lavar platos y a barrer el suelo.
—Pero no necesitas hacernos creer que puedes matar gatos con cloroformo —contestó Ana, riendo.
—La culpa fue del agujero —protestó Phil.
—Fue una suerte que hubiera uno —comentó la tÃa Jamesina, un tanto severa—. Admito que a veces es preciso ahogar los gatos recién nacidos, pues de lo contrario se llenarÃa el mundo. Pero ningún gato crecido debe ser sacrificado, a menos que vacÃe huevos.
—Usted no hubiese pensado muy bien de Rusty si lo hubiese visto cuando llegó —dijo Stella—. ParecÃa el mismo diablo.
—No creo que el diablo sea muy feo —reflexionó la tÃa—. No podrÃa hacer tanto daño si lo fuera; me lo imagino más bien como un apuesto caballero.