Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ana se sintió sola; durante todas las vacaciones, Diana estuvo aprisionada en su casa con una grave bronquitis. No podía acudir a «Tejas Verdes» y era raro que Ana pudiese ir a «La Cuesta del Huerto», pues el viejo sendero que atravesaba el Bosque Embrujado estaba intransitable y el camino más largo, sobre el helado Lago de las Aguas Refulgentes, estaba en iguales condiciones. Ruby Gillis reposaba en el cementerio; Jane Andrews enseñaba en un colegio de las praderas occidentales. Desde luego, Gilbert permanecía fiel y llegaba como podía a «Tejas Verdes». Pero sus visitas no eran lo que habían sido, y Ana las temía; era desconcertante alzar los ojos en un silencio repentino y hallar las castañas pupilas de Gilbert fijas sobre ella con inequívoca expresión; y todavía era más desconcertante sorprenderse a sí misma ruborizada bajo su mirada como si… como si… bueno, era muy embarazoso. Ana deseaba hallarse en «La Casa de Patty», pues allí siempre había alguien cerca para ayudar a salir de esas situaciones. En «Tejas Verdes», Marilla se escurría hacia los dominios de la señora Lynde tan pronto como aparecía Gilbert, e insistía en llevarse con ella a los mellizos. El significado de esa actitud era inconfundible y provocaba en Ana una sensación de furia impotente.




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