Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Davy, sin embargo, se sentÃa completamente feliz. Soñaba con levantarse temprano para limpiar con la pala los caminos que conducÃan al pozo y al gallinero. Disfrutaba con los dulces de Navidad que Marilla y la señora Lynde rivalizaban en preparar para Ana y estaba leyendo, en un libro de la escuela, un cuento que le cautivaba: el héroe, que poseÃa la milagrosa facultad de meterse en situaciones difÃciles, siempre conseguÃa escapar por oportunas erupciones volcánicas o por terremotos que arrastraban, en general, todos sus problemas, lo conducÃan hasta la gloria y la fortuna y permitÃan que la historia llegara a su término de la manera más feliz.
—Te digo que es un cuento maravilloso, Ana —declaró enfáticamente—. Me gusta más que los de la Biblia.
—¿Ah, s� —dijo Ana sonriendo. Davy la contempló con curiosidad.
—No pareces sorprendida, Ana. La señora Lynde se sorprendió mucho cuando se lo dije.
—No, Davy, no me sorprende lo más mÃnimo. Me parece muy natural que a un niño de nueve años le guste más leer un libro de aventuras que la Biblia. Pero, cuando seas mayor, estoy segura de que comprenderás que la Biblia es un libro maravilloso.