Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Algunas partes me gustan —concedió Davy—; la historia sobre José es formidable. Pero si yo hubiese sido José, no hubiera perdonado a mis hermanos. Les hubiera cortado la cabeza. La señora Lynde se enfadó mucho cuando lo dije, cerró la Biblia y dijo que nunca la leerÃa más si hablaba asÃ. De manera que ahora no hablo cuando la lee los domingos por la tarde; solamente pienso cosas y se las digo a Milty Boulter al otro dÃa en el colegio. Le conté a Milty la historia de Eliseo y los osos y se asustó tanto que nunca más se rió de la calva del señor Harrison. ¿Hay muchos osos en la isla del PrÃncipe Eduardo, Ana? Quiero saberlo.
—No en estos tiempos —dijo Ana, con aire ausente—. ¡Oh, Dios! ¿Terminará alguna vez esta tormenta?
—Sólo Dios lo sabe —dijo Davy alegremente mientras se disponÃa a reanudar la lectura.
Esta vez sà que se sorprendió Ana.
—¡Davy! —exclamó, con tono de reproche.
—La señora Lynde lo dice —protestó Davy—; la semana pasada, una noche en que Marilla preguntó: «¿Se casarán alguna vez Ludovic Speed y Theodora Dix?», la señora Lynde dijo: «Sólo Dios lo sabe».
—Bueno, hizo mal en decirlo —respondió Ana, tratando de salir del paso—. Nadie tiene derecho a pronunciar su nombre en vano ni a hablar tan a la ligera, Davy. No lo repitas nunca.