Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Andando, mi muy querida Marilla. ¿No lo hice acaso varias veces cuando iba a la Academia de la Reina? El cartero traerá mi baúl mañana; me sentà repentinamente nostálgica y quise venir un dÃa antes. ¡Di un paseo tan hermoso en medio del crepúsculo! Crucé por el Valle de las Violetas y recogà estas flores. Huélalas, Marilla… huélalas.
Marilla se vio obligada a hacerlo, aunque estaba más interesada en la muchacha que en oler violetas.
—Siéntate, niña. Debes sentirte realmente cansada. Te traeré algo de comer.
—La luna estaba saliendo detrás de las colinas, Marilla. Y las ranas me cantaron durante todo el viaje desde Carmody. Adoro el croar de las ranas. Parece estar relacionado con mis mejores recuerdos de las noches primaverales. Siempre me acuerdo de la noche que llegué aquà cuando las oigo. ¿Se acuerda, Marilla?
—Ya lo creo —dijo ésta, con énfasis—. No me parece que pueda olvidarlo nunca.
—¡Cómo cantaban aquel año en el pantano y en el arroyo! Las oÃa desde mi ventana y pensaba cómo podÃa sonar su canto tan triste y tan alegre al mismo tiempo. ¡Oh, qué bueno es estar otra vez en casa! Redmond es espléndido y Bolingbroke delicioso, pero «Tejas Verdes» es mi hogar.
—He oÃdo que Gilbert no vendrá este verano.