Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Marilla recordaba toda su vida pasada: su niñez, no precisamente desdichada, pero sà llena de estrecheces; los sueños y esperanzas de su juventud, celosamente escondidos; los largos, oscuros y monótonos años de la edad madura y la llegada de Ana, la impetuosa e imaginativa criatura llena de vida, con su corazón rebosante de amor y su mundo de fantasÃa, que habÃa puesto colorido, brillo y calor en su existencia. Gracias a ella, su vida habÃa florecido como una rosa. Marilla sentÃa que, de sus sesenta años, sólo habÃa vivido los nueve que siguieron al advenimiento de Ana. Y Ana llegarÃa a la noche siguiente, estarÃa pronto en casa.
Se abrió la puerta de la cocina. Marilla levantó la vista esperando encontrarse con la señora Lynde. Pero fue Ana quien apareció, con los ojos brillantes y los brazos llenos de flores.
—¡Ana Shirley! —exclamó la anciana. Por primera vez en su vida abandonaba su reserva, ante la sorpresa. Apretó a la joven y a sus flores contra su corazón, y besó con cariño los brillantes cabellos y el dulce rostro—. No te esperaba hasta mañana. ¿Cómo has venido desde Carmody?