Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—No. —Algo en el tono de Ana hizo que Marilla la observara agudamente, pero la muchacha estaba aparentemente absorta en el arreglo de las violetas en un florero—. ¿No son preciosas? —preguntó—. El año es como un libro, ¿no le parece?, y sus páginas están escritas con violetas en primavera, con rosas en verano, con hojas de manzano en el otoño y en invierno con malvas y siemprevivas.

—¿Aprobó Gilbert sus exámenes? —insistió Marilla.

—Con sobresalientes. Fue el primero de su clase. Pero ¿dónde están los mellizos y la señora Lynde?

—Raquel y Dora en casa del señor Harrison y Davy en casa de Boulter. Me parece que aquí llega.

Davy entró, vio a Ana, se detuvo y luego se precipitó contra la joven con un alarido de gozo.

—¡Oh, Ana, qué contento estoy! Mira, he crecido cinco centímetros desde el otoño. La señora Lynde me midió hoy; y mira, Ana, mi diente delantero. Ya no está. La señora Lynde ató la punta de un cordón al diente y la otra a la puerta y luego la cerró de golpe. El diente se lo vendí a Milty por dos centavos. Él los colecciona.

—¿Y para qué los quiere? —preguntó Marilla.


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