Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Gilbert concurría ocasionalmente en las tardes de los viernes. Siempre parecía de buen humor y tomaba parte en las bromas y ocurrencias de los demás. Ni buscaba ni evitaba a Ana. Cuando las circunstancias los reunían le hablaba amable y cortésmente, como si la conociera desde hacía poco tiempo. La vieja amistad había desaparecido por completo. Ana lo lamentaba profundamente, pero se decía a sí misma que estaba muy contenta de que Gilbert se hubiera repuesto tan pronto de su desilusión. Había temido que la tarde de abril en la huerta hubiese dejado en él heridas incurables, pero vio que se había preocupado en vano. Muchos hombres han muerto y han sido devorados por los gusanos, pero no por amor, y Gilbert, por lo visto, no parecía correr ese riesgo. Disfrutaba de su existencia y parecía estar lleno de ambiciones y deseos de vivir. Para él no valía la pena preocuparse porque una mujer fuera rubia y fría. Mientras lo oía bromear con Phil, Ana se preguntaba si el brillo de sus ojos, cuando ella rechazara su amor, no había sido simplemente algo imaginario.
No faltaban chicos que hubieran ocupado con mucho gusto el lugar que Gilbert dejara vacante; Ana los desairaba correcta pero firmemente. Si el Príncipe Encantado no aparecía, tampoco pensaba conformarse con un sustituto. Así razonaba aquel día gris en el parque, mientras soplaba el viento.