Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Repentinamente, la lluvia que pronosticara la tía Jamesina comenzó a caer con extraordinaria fuerza. Ana abrió su paraguas y corrió cuesta abajo. Al doblar el camino del puerto, una fuerte ráfaga de viento se ensañó con ella y dio la vuelta a su paraguas. La chica lo agarró con desesperación. Y entonces… una voz cercana dijo:
—¿Me permite ofrecerle el amparo de mi paraguas?
Ana miró. Era alto, elegante y de porte distinguido; tenía oscuros y melancólicos ojos, voz suave y musical; sí, el héroe de sus sueños se hallaba ante ella. No podía haber sido más idéntico a su ideal de haberlo hecho a medida.
—Gracias —dijo, confundida.
—Será mejor que corramos hasta ese pequeño pabellón —sugirió el desconocido—. Podremos esperar allí hasta que amaine la tormenta. No es probable que continúe lloviendo así mucho tiempo más.
Las palabras eran comunes, pero ¡el tono! ¡Y la sonrisa que las acompañó! Ana sintió que su corazón latía de un modo extraño.
Se dirigieron juntos hasta el pabellón y se sentaron al amparo de su techo acogedor. Ana empuñó su paraguas mientras reía.