Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Cuando mi paraguas se dio la vuelta me convencà de que hay una especie de depravación en las cosas inanimadas —dijo alegremente.
Las gotas de lluvia brillaban como estrellas entre sus cabellos y sus despeinados rizos caÃan sobre su rostro y su cuello. ArdÃan sus mejillas y sus grandes ojos resplandecÃan. Su compañero la observó con admiración. Ante su mirada, Ana sintió que se ruborizaba. ¿Quién serÃa? En la solapa llevaba el distintivo blanco y rojo de Redmond. Ella creÃa conocer, aunque fuera sólo de vista, a todos los estudiantes, salvo los «novatos», y su compañero con toda seguridad no lo era.
—Veo que somos condiscÃpulos —dijo él, observando con una sonrisa el distintivo de Ana—. Eso basta para presentarnos. Mi nombre es Royal Gardner. Y usted es la señorita Shirley, que leyó el ensayo sobre Tennyson la otra tarde en «Los Amigos del Saber», ¿no es cierto?
—SÃ; pero a usted no puedo situarlo —dijo Ana—. Por favor, ¿adónde pertenece usted?
—Me siento como si aún no perteneciera a ninguna parte. Hace un par de años aprobé dos cursos en Redmond. Después estuve en Europa, de donde he regresado para terminar el curso.
—Éste es también mi tercer año aquÃ.