Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —De modo que no sólo somos condiscÃpulos, sino también compañeros de curso. Esto me reconcilia con los años que perdà —comentó su compañero, expresando todo un mundo de cosas con la mirada de sus magnÃficos ojos.
Durante casi una hora más continuó lloviendo con la misma intensidad. Pero el tiempo pasó volando. Cuando las nubes se abrieron para dar paso a un pálido rayo de sol de noviembre que iluminó tenuemente el puerto y los pinos, Ana y su compañero partieron rumbo a «La Casa de Patty». Al llegar al pórtico, Roy pidió permiso para visitarla, y le fue concedido. Ana entró con las mejillas llameantes y el corazón latiéndole con fuerza. Rusty trepó a su regazo y trató de besarla, pero sólo halló una acogida un tanto frÃa. Ana, con el alma llena de románticos estremecimientos, no tenÃa tiempo que perder con mininos desorejados.
Esa noche llegó a «La Casa de Patty» un mensajero que traÃa una caja para la señorita Shirley. ContenÃa una docena de magnÃficas rosas, y Phil, después de curiosear con impertinencia, cogió la tarjeta que las acompañaba y leyó la poética nota y la firma.
—¡Royal Gardner! —exclamó—. ¡Vaya, Ana, no sabÃa que lo conocieras!
—Lo conocà esta tarde en el parque en medio de la lluvia —respondió la joven apresuradamente—. Mi paraguas se dio la vuelta y él me cobijó bajo el suyo.