Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Ah!, ¿y ese incidente tan vulgar justifica el envÃo de una docena de rosas de larguÃsimo tallo con una nota romántica? ¿Y es razón para que te ruborices cual cándida doncella al leer la nota? Ana, el rostro traiciona nuestros más Ãntimos pensamientos.
—No digas tonterÃas, Phil. ¿Conoces al señor Gardner?
—Conozco a sus dos hermanos, y tengo referencias de él, como cualquier persona que pertenezca a la sociedad de Kingsport. Los Gardner figuran entre la gente más rica y distinguida. Roy es adorablemente guapo e inteligente. Hace dos años su madre se puso enferma y él tuvo que dejar los estudios para acompañarla al extranjero; su padre murió hace tiempo. Tiene que haber lamentado mucho abandonar la universidad, pero dicen que se portó magnÃficamente. ¡Ay, ay, ay!, Ana… Huelo romance. Hasta yo te envidio, aunque no demasiado. Después de todo, Roy Gardner no es Jonás.
—¡Tonta! —exclamó Ana altivamente. Pero aquella noche permaneció despierta durante largas horas. Su fantasÃa danzaba por el maravilloso paÃs de la ilusión. ¿HabÃa llegado por fin el PrÃncipe Encantado? Al recordar los soñadores ojos oscuros que tan profundamente se miraran en los suyos, Ana se sentÃa inclinada a creer que sÃ.