Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—No. La última noche que llameó tu belleza llevabas la vieja blusa de franela que te hizo la señora Lynde. Si Roy no estuviera ya loco por ti, esta noche caería. Pero no me gusta como te quedan las orquídeas, Ana. No, no son celos. Las orquídeas no te van. Son demasiado exóticas, demasiado tropicales, demasiado insolentes. De todos modos, no te las pongas en el cabello.

—Bueno, no lo haré. Admito que no me gustan las orquídeas y creo que no me sientan bien. Roy no me las envía a menudo; sabe que me gustan las flores que se pueden llevar todos los días. Las orquídeas son sólo para ocasiones especiales.

—Jonás me envió unos hermosos capullos de rosa, pero él no vendrá. ¡Dijo que tenía que dirigir unas rogativas públicas en los barrios bajos! Creo que no quería venir. Ana, tengo miedo de no importarle un comino. Y estoy tratando de decidir si me consumiré hasta morir de dolor o si terminaré los estudios, como una mujer sensata y útil.

—Tú no tienes posibilidad de ser sensata y útil, Phil, de manera que será mejor que te consumas hasta morir —dijo Ana con crueldad.

—¡Qué despiadada!

—¡Phil, tonta! Sabes bien que Jonás te quiere.


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