Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Cogió sus orquídeas y bajó al salón, donde la tía Jamesina cuidaba los abrigos puestos a templar frente al fuego. Roy Gardner esperaba a Ana jugando con Sarah. Ésta no lo recibía con agrado y le daba siempre la espalda cuando llegaba. Pero el resto de habitantes de «La Casa de Patty» lo querían. La tía, conquistada por su infalible y deferente cortesía y por los tonos de su deliciosa voz, declaró que era el mejor joven que conociera y que Ana era muy afortunada. La forma en que Roy cortejaba a Ana era tan romántica como pudiera desear cualquier corazón femenino, pero… en el fondo deseaba que la tía Jamesina y las chicas no consideraran las cosas como definitivas. Cuando Roy le murmuró al oído un poético cumplido mientras la ayudaba a ponerse el abrigo, no se ruborizó ni se estremeció, como de costumbre, y él la encontró algo callada en la corta caminata que hicieron hasta Redmond. Roy pensó que parecía algo pálida cuando regresó de retocarse, pero en cuanto entró en el salón de baile los colores y la risa retornaron de pronto. Se volvió hacia Roy con su más alegre expresión. Él le devolvió la sonrisa, aquella sonrisa «profunda y aterciopelada», como decía Phil. Y sin embargo, no era a Roy a quien ella veía. Tenía absoluta conciencia de que Gilbert estaba de pie, al otro lado de la habitación, hablando con una chica que debía de ser Christine Stuart.


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