Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Es posible —concedió la tía con cautela—. No combato la alta educación femenina; mi hija se ha graduado en artes y también sabe cocinar. Pero yo le enseñé antes de que el profesor de la escuela le enseñara matemáticas.
A mediados de marzo llegó una carta de la señorita Patty Spofford en la que comunicaba que su sobrina y ella habían decidido permanecer otro año en el extranjero. «De modo que pueden permanecer en “La Casa de Patty” durante el próximo invierno. María y yo vamos a invadir Egipto. Quiero ver la Esfinge antes de morir».
—Imaginad a esas dos damiselas ¡«invadiendo Egipto»! Quisiera saber si se pondrán a tejer mientras contemplan la esfinge —rió Priscilla.
—¡Estoy tan contenta de que podamos quedarnos otro año en «La Casa de Patty»! —dijo Stella—. Tenía miedo de que se les ocurriera regresar. Entonces nuestro hermoso nidito se destruiría y nosotras, pobres pichonas, seríamos arrojadas nuevamente al mundo cruel de las pensiones.
—Voy a dar un paseo por el parque —anunció Phil mientras arrojaba a un lado el libro—. Creo que cuando llegue a los ochenta me alegraré de haber dado esta noche un paseo por el parque.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ana.
—Ven conmigo y te lo diré.