Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Durante su paseo pudieron captar todo el misterio y la magia de un atardecer de marzo. Era un crepúsculo tranquilo y muy suave, envuelto en un gran silencio, un silencio que, sin embargo, estaba matizado por mil pequeños sonidos argentinos que se podÃan percibir tanto con el alma como con los oÃdos. Las dos amigas vagaron por un largo sendero bordeado de pinos que parecÃa conducir directamente al corazón del rojizo atardecer invernal.
—SerÃa capaz de irme a casa y escribir un poema sobre este bendito instante, si supiera cómo —declaró Phil deteniéndose en un espacio abierto donde la luz rosada teñÃa las verdes puntas de los pinos—. ¡Es todo tan hermoso aquÃ, en este silencio tan profundo y entre esos oscuros árboles que parecen estar siempre meditando!…
—Los bosques fueron los primeros templos de Dios —comentó Ana—. No se puede evitar un sentimiento de reverencia en estos lugares. Siempre me parece estar más cerca de Él cuando camino entre los pinos.
—Ana, soy la mujer más feliz del mundo.
—De modo que el señor Blake te ha pedido por fin que te cases con él.