Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Aquel invierno, el mes de marzo llegó trayendo días secos y dorados que se disolvían en un frío crepúsculo rosado y se perdían gradualmente en un ensueño de luna.
Sobre las moradoras de «La Casa de Patty» se cernía la sombra de los exámenes de abril. Estudiaban con ahínco y Phil se sumergía en textos y cuadernos con inesperada tenacidad.
—Obtendré la beca Johnson de matemáticas —anunció tranquilamente—. Podría ganar con facilidad la de griego, pero he optado por las matemáticas para demostrar a Jonás que soy muy inteligente.
—A Jonás le gustan más tus grandes ojos castaños y tu sonrisa que toda la inteligencia que puedas tener bajo los rizos —dijo Ana.
—En los tiempos en que yo era joven no se consideraba femenino saber matemáticas —opinó la tía Jamesina—, pero los tiempos han cambiado, no sé si para bien o para mal. ¿Sabes cocinar, Phil?
—No; nunca he cocinado nada, excepto un pan de jengibre, que fue un fracaso, salió aplastado en el centro e hinchado en los bordes. Dígame, tía, ¿no cree que la inteligencia que me permitirá ganar la beca de matemáticas también me ayudará muchísimo para aprender a cocinar en cuanto me lo proponga?
