Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —La pobre Atossa yacÃa en paz en su ataúd —dijo la señora Lynde solemnemente—. Nunca la vi con apariencia tan placentera, te lo aseguro. ¡Bueno, no se han derramado muchas lágrimas por su partida, pobre alma! Las de Elisha Wright eran de alivio por verse libre de ella; y no puedo decir que se lo reprocho.
—¡Me parece horrible irse de este mundo sin dejar una persona que lo sienta! —exclamó Ana estremeciéndose.
—Sólo sus padres quisieron a la pobre Atossa, eso es muy cierto; y ni siquiera su marido. Fue su cuarta esposa. Él tenÃa la manÃa del casamiento. Vivió pocos años después de unirse a ella. El médico dijo que murió de dispepsia, pero yo creo que lo envenenó la lengua de Atossa, te lo aseguro. Pobre alma, sabÃa los chismes de todos los vecinos, pero nunca se conoció a sà misma. Bueno, ahora ya se ha ido. Supongo que el próximo acontecimiento será la boda de Diana.
—¡Me parece tan gracioso y horrible imaginarme a Diana casada! —suspiró Ana abrazándose las rodillas y mirando la luz de la ventana de su amiga, que brillaba a lo lejos, a través del Bosque Embrujado.
—Yo no veo qué tiene de horrible —aseveró la señora Lynde con énfasis—. Fred Wright tiene una buena granja y es un joven modelo.