Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Oh! —repitió.

—Sí. Verá usted; había otro hombre que me perseguía. ¡Hala, yegua! Yo era viuda hacía tanto tiempo que los del pueblo habían abandonado la idea de casarse conmigo. Pero cuando mi hijita, que es maestra como usted, se fue a enseñar al oeste, me sentí muy sola y ya no me asustó la idea de casarme. Y empezaron a visitarme Thomas y también William Obadiah Seaman, que así se llamaba. Me costó mucho decidirme y ellos no hacían más que venir a verme, y yo me preocupaba. ¿Sabe usted?, W. O. era rico, tenía una buena casa y vivía bien. Era el mejor partido. ¡Hala, yegua!

—¿Y por qué no se casó con él?

—Bueno, ¿sabe usted? Él no me quería —contestó con solemnidad la señora Skinner.

Ana miró a su interlocutora con grandes ojos. Pero no había ni una chispa de humor en su rostro. Evidentemente, la dama no encontraba nada divertido en sus peripecias.



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