Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Era viudo desde hacía tres años y mi hermana trabajaba en su casa como ama de llaves. Cuando ella se casó él buscó a alguien que la reemplazara. Le aseguro que valía la pena: tiene una buena casa. ¡Hala, yegua! En cuanto a Thomas, era pobre y lo único bueno que se podía decir de su casa es que no tenía goteras, aunque es bastante pintoresca (así se dice, ¿no?). Pero ¿sabe usted?, yo amaba a Thomas y no me importaba un comino W. O., de manera que lo discutí conmigo misma. «Sarah Crowe», me dije (mi primer marido se llamaba Crowe), «te puedes casar con un rico, si quieres, pero no serás feliz. La gente no se puede llevar bien en este mundo sin un poco de amor. De modo que te casas con Thomas, que te quiere y a quien tú quieres y se acabó». ¡Hala, yegua! De manera que le dije a Thomas que sí. Durante todo el tiempo que duraron los preparativos para la boda no me atrevía a pasar cerca de la casa de W. O. por temor de que la vista de su casa me volviera loca otra vez. Pero ahora ni siquiera pienso en ella y soy feliz con Thomas. ¡Hala, yegua!

—¿Y cómo lo tomó William Obadiah?





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