Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Oh, se enfurruñó un poco! Pero ahora va a Millersville a visitar a una vieja flaca y sospecho que ella lo aceptará pronto. Será mejor esposa que la primera. W. O. nunca se quiso casar con aquélla. Le pidió que se casara con él porque su padre se lo ordenó, pero esperaba que le dijera «no». Y fíjese que le dijo «sí». ¡Hala, yegua! Era muy buena ama de casa, pero muy tacaña. Llevó el mismo sombrero durante dieciocho años. Entonces se compró otro y cuando W. O. se tropezó con ella en el camino, no la reconoció. ¡Hala, yegua! Creo que me escapé por los pelos. Si me hubiera casado con él hubiese sido desgraciada, como mi pobre prima Jane Ann. Jane Ann se casó con un rico que no le gustaba mucho y ahora lleva una vida de perros. Vino a verme la semana pasada y me dijo: «Sarah Skinner, te envidio. Prefiero vivir en una cabaña junto al camino con un hombre que me gusta a estar en una gran casa con el que tengo». El marido de Jane Ann no es malo, no, pero le gusta tanto llevar la contraria, que se pone el abrigo de piel cuando el termómetro señala 40 grados y la única forma de conseguir algo de él es decirle que haga lo contrario. Pero no hay amor entre ellos para suavizar las cosas y ésa es una mala manera de vivir. ¡Hala, yegua! Allí está la casa de Janet, en la hondonada. Ella la llama «Junto al Camino». ¿No es pintoresca? Creo que estará contenta de salir de aquí y quitarse todas esas sacas de encima.


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