Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Por un momento pensé que Janet no me iba a gustar tanto como creí al verla. Luego me reproché por mi apresurada insensatez al predisponerme en contra suya por el solo hecho de que me llamaba pelirroja. Probablemente la palabra «castaño» no figura en el vocabulario de Janet.
«Junto al Camino» es un rinconcito encantador. La casa es pequeña y blanca y está en una hondonada que nace en el camino. Entre éste y la casa hay una mezcla de huerta y de jardín. El sendero que va a la puerta principal está bordeado de florecillas; una enredadera cubre la galería y el techo. Mi habitación es muy limpia y apenas cabemos la cama y yo. Sobre la cabecera del lecho cuelga un cuadro en que se ve a Robby Burns junto a la tumba de María Estuardo, reina de Escocia, a la sombra de un enorme sauce llorón. El rostro de Robby es tan lúgubre, que no es raro que me asalten pesadillas. La primera noche que pasé aquí soñé que no podía reír más.