Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La sala es pequeña y pulcra. Sobre su única ventana dan las frondosas ramas de un sauce, cuya sombra hace que la habitación tenga la verde penumbra de una gruta. Las sillas lucen respaldos magníficos, el suelo está cubierto de alegres felpudos y en una mesa redonda se encuentran, muy bien ordenados, los libros y las cartas. Y sobre la chimenea hay vasijas con helechos, y entre éstos una «alegre» decoración de placas de ataúdes: son cinco en total y corresponden a la madre y al padre de Janet, a su hermana Ana, a un hermano y a cierto sirviente que murió aquí hace tiempo. Si un día me vuelvo loca repentinamente, «sepa el mundo por la presente» que la culpa es de esas placas.
Pero en realidad todo es delicioso y así lo dije. Janet me quiere por esta razón tanto como detesta a la pobre Esther, quien se atrevió a decir que tanta sombra es antihigiénica y no quiso dormir sobre un colchón de plumas. Yo, por mi parte, los adoro, y cuanto más antihigiénicos y plumosos son, mejor. Janet dice que da gusto verme comer. Temía muchísimo que yo fuera como la señorita Haythorne, que desayunaba sólo frutas y agua caliente y quería que Janet renunciara a los fritos. En verdad, Esther es una joven adorable, pero algo chiflada. El problema está en que no tiene suficiente imaginación y sí cierta predisposición a las indigestiones.