Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La noche del primer jueves después de su llegada, Janet invitó a Ana a asistir a las oraciones colectivas. Janet florecía como una rosa en tales ocasiones. Se ponía un vestido de muselina azul pálido con pensamientos bordados, con más fruncidos de los que se podían esperar de la económica Janet, y un sombrero de paja de Italia con rosas rojas y tres plumas de avestruz. Ana se sintió bastante sorprendida. Más tarde descubrió el motivo que tenía Janet para arreglarse de ese modo: un motivo tan viejo como el mundo.
Las oraciones colectivas de Valley Road parecían ser para mujeres. Estaban presentes treinta y dos mujeres, dos muchachos grandecitos y un hombre solitario, además del ministro. Ana se encontró estudiando al hombre: no era joven, ni grácil, ni bien parecido; tenía las piernas muy largas (tenía que colocarlas como podía bajo la silla) y los hombros caídos. Sus manos eran grandes y tanto sus cabellos como su bigote necesitaban los servicios del barbero. Pero a Ana le gustó su cara, que expresaba honestidad y ternura y también algo más; algo que la muchacha encontró difícil de definir. Finalmente llegó a la conclusión de que este hombre era fuerte y había sufrido, lo cual se manifestaba en su cara. En su expresión había algo de resistencia paciente y humorística que indicaba que sería capaz de llegar a las situaciones más extremas sin perder la educación.