Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ana asintió, pero más tarde el señor Douglas vino a invitarla de parte de su madre a tomar el té el sábado siguiente.

—¿Por qué no se ha puesto el vestido de los pensamientos? —preguntó Ana cuando salían de la casa. Era un día caluroso y la pobre Janet, entre su excitación y el pesado vestido de cachemira, parecía estarse cociendo viva.

—Temo que a la señora Douglas le parezca terriblemente frívolo y fuera de ocasión. A John también le gusta ese vestido —agregó, pensativa.

La vieja heredad de los Douglas quedaba a un kilómetro de «Junto al Camino», sobre la cresta de una colina azotada por los vientos. La casa era grande y cómoda, de aspecto señorial y rodeada de arces. En la parte de atrás estaban los amplios y bien cuidados establos; todo el conjunto indicaba prosperidad. «No son deudas y apreturas precisamente lo que refleja la casa del señor Douglas», reflexionó Ana.

John Douglas las aguardaba en la puerta; las acompañó en seguida hasta el salón, donde su madre se hallaba majestuosamente sentada en un sillón.


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