Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana había imaginado a la señora Douglas alta y delgada como su hijo. Era, en cambio, una mujercita de suaves mejillas sonrosadas, tiernos ojos azules y boca de niña. Con un hermoso traje negro a la moda, un chal blanco sobre los hombros y los cabellos recogidos por una cofia de encaje, parecía una abuelita de juguete.
—¿Cómo te va, querida Janet? —preguntó con dulzura—. Estoy tan contenta de volver a verte. —Alzó su linda cara para recibir el beso—. Y ésta es nuestra nueva maestra. Estoy encantada de conocerla. Mi hijo ha estado cantando alabanzas suyas hasta ponerme un poco celosa y estoy segura de que Janet debe estar celosa del todo.
La pobre Janet se sonrojó. Ana dijo un par de cosas amables y convencionales y se sentaron. Fue difícil continuar, incluso para Ana, pues nadie parecía hallarse cómodo, a excepción de la señora Douglas, que no encontraba ninguna dificultad para conversar. Hizo sentar a Janet a su lado y le acarició ocasionalmente la mano, mientras ésta sonreía, con aire de sentirse terriblemente incómoda dentro de su espantoso vestido; John Douglas permanecía sentado sin sonreír.
En la mesa la señora Douglas pidió graciosamente a Janet que sirviera el té. Ésta se sonrojó más aún, pero lo hizo. Ana describió más tarde ese instante en una carta a Stella.