Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

—Sí, y nunca ha mencionado la palabra boda, y no creo que lo haga jamás. Nunca se lo he dicho a nadie, pero hoy tengo que contarlo o enloqueceré. John Douglas comenzó a visitarme hace veinte años, antes de que mamá muriera. Bueno, siguió viniendo y viniendo y al cabo de un tiempo comencé a preparar mi ajuar, pero él nunca dijo nada; sólo seguía viniendo y viniendo, yo no podía hacer nada. Mamá murió cuando ya llevábamos así ocho años; entonces creí que hablaría, viendo que yo quedaba sola en el mundo. Se mostró muy gentil y amable e hizo cuanto pudo por consolarme, pero no dijo una palabra de matrimonio y así ha seguido. La gente dice que la culpa es mía. Que como su madre está muy enferma yo no quiero cargar con la ocupación de cuidarla. ¡Me encantaría cuidar a la madre de John! Pero dejo que hablen. ¡Prefiero que me critiquen a que me compadezcan! Es muy humillante que John no me pida en matrimonio. ¿Por qué no lo hace? Me parece que si supiera la razón, no sufriría tanto.

—Quizá su madre no quiere que se case —insinuó Ana.

—¡Oh, todo lo contrario! Más de una vez me ha dicho que le gustaría ver a John casado antes de morir. Siempre le está echando indirectas; ya la oíste la otra tarde. ¡Habría querido que me tragara la tierra!


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