Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Pues no lo entiendo —dijo Ana. Pensaba en Ludovic Speed; aunque no era el mismo caso, pues John Douglas no era de ese tipo de hombre.
—Usted debió de mostrar más carácter, Janet; ¿por qué no le mandó a paseo hace tiempo?
—No pude —confesó la pobre Janet patéticamente—. Siempre le he querido. Aunque hubiera dejado de venir, yo no habrÃa admitido a otro. De modo que asà están las cosas.
—Pero eso le hubiera hecho reaccionar como un hombre. —Janet sacudió la cabeza.
—No, creo que no. Tuve miedo de hacerlo y que él creyera que no me interesaba y se marchara. Supongo que soy pobre de espÃritu, pero asà es como me siento. Y no puedo remediarlo.
—¡Oh, sà que puede, Janet! Aún no es demasiado tarde. Hágale ver que no está dispuesta a tolerar por más tiempo su actitud. Yo la apoyaré.
—No sé. No creo que me atreva. Las cosas ya han llegado demasiado lejos. Pero lo pensaré.