Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ana se sintió desilusionada con respecto a John Douglas. Le había gustado mucho y no le parecía la clase de hombre capaz de jugar con los sentimientos de una mujer durante veinte años. Ciertamente precisaba una buena lección y a Ana le encantaba la idea de apoyarla. Por lo tanto se alegró cuando a la noche siguiente, mientras se dirigían a la reunión de la iglesia, Janet le anunció que seguiría sus consejos.

—Le demostraré a John Douglas que no pienso permitir que continúe pisoteándome.

Al término de la oración, John se acercó a ella con su habitual solicitud. Janet pareció asustada pero resuelta.

—No, gracias —contestó fríamente—. Conozco bien el camino a casa. No podría ser de otro modo después de haberlo recorrido durante cuarenta años. De manera que no necesita molestarse, señor Douglas.

Ana contemplaba el rostro de John Douglas a la brillante luz de la luna y comprobó que éste había recibido el golpe de gracia. John, sin decir palabra, dio media vuelta y echó a andar.

—¡Deténgase! ¡Deténgase! —gritó Ana sin importarle la mirada de las personas que la rodeaban—. ¡Deténgase, señor Douglas! ¡Vuelva!

John Douglas se detuvo, pero no regresó. Ana corrió por el sendero, le cogió una mano y lo arrastró hacia donde estaba Janet.


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