Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Debe regresar —imploraba—. Todo ha sido un error, señor Douglas… por culpa mÃa. Yo la aconsejé; Janet no querÃa hacerlo… pero ahora todo está bien, ¿no es cierto, Janet?
Sin decir palabra, Janet se apoyó en el brazo del caballero y los dos echaron a andar. Ana los siguió humildemente hasta la casa y se deslizó por la puerta trasera.
—Bueno, eres un excelente apoyo para cualquiera —dijo Janet sarcásticamente.
—No pude evitarlo, Janet —exclamó Ana, contrita—. Me sentà como si hubiera estado de brazos cruzados viendo asesinar a alguien. Tuve que correr tras él.
—Y yo me alegro de que lo hicieras. Cuando le vi volverse y echar a andar sentà como si la poca felicidad y alegrÃa que quedan en mi vida se hubieran ido con él. Fue una sensación horrible.
—¿No le preguntó por qué obró as�
—No, ni una palabra —respondió Janet lentamente.