Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO John Douglas se decide a hablar

Ana no había perdido la esperanza de que ocurriera algo; pero nada pasó. John Douglas continuó acompañando a Janet hasta su casa después de las oraciones, tal como lo hiciera desde hacía veinte años, y parecía que lo continuaría haciendo por otros veinte más. Pasó el verano. Ana daba clases en su escuela, escribía a todos y estudiaba un poco. Sus paseos hasta el colegio eran placenteros; siempre iba por el pantano, un hermoso lugar reverdecido por las musgosas lomas. Por él cruzaba un arroyo bordeado de pinos cubiertos de enredaderas y entre cuyas raíces pululaban las hierbas.

Sin embargo, Ana encontraba un poco monótona la vida en Valley Road. En realidad hubo sólo un incidente divertido.

No había vuelto a ver al flaco y pelirrojo Samuel, el de la menta, desde la visita que les hiciera. Solamente un par de veces se había cruzado con él. Pero apareció por fin una cálida noche de agosto y se sentó en el banco de la galería. Llevaba sus ropas de trabajo, que consistían en pantalones remendados, una camisa azul con rotos en los codos y un harapiento sombrero de paja. Mascaba solemnemente una pajita y miraba a Ana con la misma solemnidad. Ésta dejó su libro a un lado, con un suspiro, y tomó su bordado. No esperaba gran cosa de su conversación con Sam.

Al cabo de un largo silencio, Sam habló:


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