Ana la de La Isla
Ana la de La Isla En la tarde que siguió al funeral, Ana y Janet estaban sentadas en la galería a la luz del crepúsculo. El viento había quedado dormido en los pinares y por el cielo septentrional cruzaban relámpagos de calor. Janet llevaba su feo vestido negro y su aspecto era peor que nunca, con los ojos y la nariz enrojecidos por el llanto. Hablaban poco, pues Janet no parecía aprobar los esfuerzos de Ana para levantarle el ánimo; prefería llanamente sentirse triste.
De pronto se oyeron ruidos en el portón y John Douglas penetró en el jardín y cruzó por encima del cantero de geranios. Janet se puso de pie y Ana la imitó. Nuestra amiga era alta y llevaba un vestido blanco, pero John no pareció verla.
—Janet, ¿te casarás conmigo?
Las palabras irrumpieron como si hubiesen estado retenidas durante veinte años y fuera imprescindible decirlas en aquel momento.
La cara de Janet estaba tan enrojecida por las lágrimas que parecía imposible que pudiera arrebatarse más aún, pero tomó un horrible color púrpura.
—¿Por qué no me lo pediste antes? —preguntó con lentitud.