Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No podÃa. Ella me hizo prometerlo; mamá me hizo prometerlo —repitió—. Hace diecinueve años tuvo un ataque terrible y creÃmos que no sobrevivirÃa. Entonces me imploró que le prometiera no pedirte que te casaras conmigo mientras viviera. No querÃa prometerle tal cosa, pero todos pensábamos que vivirÃa poco; el mismo médico le daba sólo seis meses de vida. Pero me lo pidió de rodillas, sufriente y enferma. Tuve que prometérselo.
—¿Y qué tenÃa tu madre contra mÃ? —gritó Janet.
—Nada. Nada. Sólo que no querÃa otra mujer en su casa mientras viviera. Dijo que si no se lo prometÃa morirÃa, y serÃa por mi culpa. De modo que lo hice y me ha obligado a cumplirlo, aunque le imploré de rodillas que me relevara de esa promesa.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¡Si sólo lo hubiese sabido! ¿Por qué no me lo dijiste?
—Me hizo prometer que no se lo dirÃa a nadie —respondió John roncamente—. Me lo hizo jurar por la Biblia. Janet, nunca lo hubiese hecho si hubiera sabido que serÃa por tanto tiempo. Nunca sabrás lo que he sufrido en estos diecinueve años. Sé que también te he hecho sufrir, pero ¿te casarás conmigo, Janet? ¡Oh, Janet, por favor! He venido a pedÃrtelo tan pronto como pude.