Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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En este instante, la estupefacta Ana recobró el sentido y comprendió que estaba de más. Se escabulló y no volvió a ver a Janet hasta la mañana siguiente, cuando ésta le contó el resto de la entrevista.

—¡Qué mujer tan falsa, cruel e implacable! —gritó Ana.

—Calla, está muerta —dijo Janet, solemne—. Si no lo estuviera… pero no; no debemos hablar mal de ella. Por fin soy feliz, Ana. Y no me habría molestado esperar tanto si lo hubiera sabido todo.

—¿Cuándo os casaréis?

—El mes que viene. Desde luego, todo se hará en la mayor intimidad. Supongo que la gente murmurará; dirán que me apresuré a cazar a John tan pronto como su pobre madre salió del camino. John quería contar la verdad, pero le dije: «No, John, después de todo era tu madre, y no debemos empañar su recuerdo; guardemos el secreto. No me importa lo que diga la gente ahora que lo sé todo. No me importa un comino». De modo que llegamos a un acuerdo.

—Tiene más capacidad de perdón que yo —dijo Ana, algo enfadada.

—Opinarás de manera muy diferente sobre muchas cosas cuando llegues a mi edad —dijo Janet, tolerante—. Ésa es una de las cosas que se aprenden con los años: a olvidar. Es mucho más fácil conseguirlo a los cuarenta que a los veinte.


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