Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO Comienza el último año en Redmond

—Aquí estamos nuevamente, bronceadas y con el vigor de un hombre listo para correr una carrera —dijo Phil mientras se sentaba sobre una maleta con un suspiro de satisfacción—. ¿No es bonito volver a ver «La Casa de Patty»… y a la tía Jamesina… y a los gatos? Rusty ha perdido otro trozo de oreja, ¿no es cierto?

—Aunque no tuviera orejas, Rusty sería el gato más hermoso del mundo —respondió Ana desde su baúl, mientras Rusty trepaba a su regazo a modo de bienvenida.

—¿Se alegra de tenernos de vuelta, tía? —preguntó Phil.

—Sí, pero me gustaría que subierais el equipaje —contestó la tía Jamesina observando el desbarajuste de baúles y maletas que las cuatro alegres y parlanchinas jovencitas habían desparramado por todas partes—. Podéis seguir conversando más tarde. Cuando era joven mi lema era: «Primero la obligación y después la devoción».

—¡Oh, nuestra generación lo ha tergiversado, tía! Nuestro lema es: «Primero diviértete y luego suda la gota gorda». Podemos trabajar mucho mejor después de habernos reído un rato.


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