Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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La tía Jamesina, con su encantador aire que la convertía en la reina de las amas de casa, pareció resignarse a lo inevitable; y, mientras alzaba a Joseph y cogía su tejido, dijo a Phil:

—Puesto que vas a casarte con un pastor, no deberías usar expresiones como «sudar la gota gorda».

—¿Por qué? ¿Por qué la esposa de un ministro tiene que usar sólo palabras serias? Todos los de Patterson Street hablan una jerga especial, y si yo no lo hiciera pensarían que soy orgullosa y pedante.

—¿Has comunicado la noticia a tu familia? —preguntó Priscilla dando de comer a la gata Sarah.

Phil asintió.

—¿Y cómo lo tomaron?

—¡Oh! Mamá armó un alboroto, pero yo permanecí firme como una roca, yo, Philippa Gordon, que nunca había sido capaz de llevar nada a cabo. Papá mostró más calma. Su propio padre fue pastor, así que guarda en un rincón de su corazón un lugarcito para ellos. Después que mamá se hubo tranquilizado llevé a Jo a «Monte Sagrado» y ambos quedaron encantados con él. Pero mamá le lanzó unas indirectas terribles durante la conversación sobre el porvenir que ella habría deseado para mí. ¡Oh, mis vacaciones no han estado sembradas de rosas, queridas! Pero… triunfé y tengo a Jo. Es lo único que importa.

—Para ti —dijo la tía Jamesina secamente.


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