Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Y también para Jo. ¿Se puede saber por qué insiste en compadecerlo? Yo creo que es digno de envidia. Conmigo obtiene cerebro, belleza y un corazón de oro.
—Menos mal que nosotras sabemos cómo tomar tus discursos —exclamó la tÃa Jamesina, con paciencia—. Espero que no hablarás asà delante de extraños. ¿Qué pensarÃan de ti?
—No me importa lo que puedan opinar. No tengo interés en verme como me ven los otros. Estoy segura de que la mayorÃa de las veces serÃa terriblemente incómodo. Ni el mismo Burns debe haber sido sincero en su plegaria.
—Yo dirÃa que todos pedimos cosas que en realidad no deseamos; lo comprobarÃamos si tuviéramos la valentÃa de mirar en nuestro corazón —respondió la tÃa Jamesina sinceramente—. Creo que esa clase de plegarias no van muy lejos. Yo acostumbraba rezar pidiendo a Dios que me concediera la gracia de perdonar a cierta persona; ahora comprendo que, en realidad, no querÃa perdonarla. Cuando finalmente quise hacerlo, la perdoné sin necesidad de rezar.
—No puedo imaginarla guardando rencor a alguien por mucho tiempo, tÃa —dijo Stella.
—¡Oh, antes sà que era capaz! Pero a medida que pasan los años comprendo que no vale la pena.
—Eso me recuerda algo que querÃa contarles —dijo Ana. Y les refirió la historia de Janet y John.